martes, 8 de agosto de 2017

Ella es árbol de vida

      


          Hay algo que se le escapa al hombre, algo intangible. Es tan sutil como fuerte. Se puede percibir pequeños fragmentos de aquel mundo metafísico, pequeños atisbos que se escapan a nuestro mundo mundano, que como error se dejan ver. Es el misterio más grande que despierta en el corazón del hombre. El desconocimiento es tan doloroso como la duda, lo que ha llevado al hombre a intentar incursionar por filosofías y magias que lo acercaran a la verdad, a descubrir un puente que conecte ambos mundos. El ascetismo se manifiesta de múltiples formas, pero ninguna parecía ser suficiente. Demógenes era un hombre que se había fascinado por el misticismo. Luego de la conquista sobre Roma, había sido llevado a París, allí luego de conocer a varios humanistas, se contagio de ellos. La duda, la curiosidad, el anhelo se habían clavado en su interior con fuerza y no lo dejaban en paz. Pero un mito era el que lo tenía fascinado, incluso era ladrón de su sueño por las noches.

          Fue un día, que creyó que había encontrado lo que buscaba, fue un simple rumor, la mención de una disciplina que no había escuchado hasta entonces. Muchos estudiaban la Cábala, la creían un puente, un medio para alcanzar la verdad, aquella intersección entre lo finito e infinito. Y Demógenes decidió comprobarlo por sí mismo. Uno de los rumores menos frecuentes fue el que lo impulsó a estudiar el Torá, y fue ese mismo que se empecinaba en comprobar. Pasó horas entera, días encerrado, sin despegar los ojos de aquellas escrituras hebraicas, miró, observó, estudió cada signo alfabético de aquellas hojas. Se había aprendido hasta aquel color ambarino y quebradizo de la textura de aquellos pergaminos, también como el aroma añejo y polvoriento que desprendía la superficie, se había estancado en su nariz.

          Cuando creyó que había descubierto el secreto, se levantó de la silla, apoyó las palmas huesudas sobre la madera de la mesa. Respiró hondo, y se mantuvo allí, inmóvil, unos minutos. Luego comenzó con los preparativos. Apartó todos los muebles de la sala, hasta dejarla completamente despejada y vacía. Cerró todas las ventanas, quedando en oscuridad completa. Prendió las velas, una por una, y las distribuyó por la habitación de manera uniforme. Buscó el crayón blanco, y arrodillado en el suelo, evocó a su memoria todo lo que había aprendido en estos días. Raspó la superficie del crayón sobre el suelo, dejando una centella blanca por donde lo pasaba. Lo retrató todo.

          Comenzó con la raíz, que al mismo tiempo es la cabeza, la corona, lo más elevado y lo primero, es Kéther, el Padre. Es el inicio, desde allí comienza el orden que dará lugar a que el rayo de la creación descienda al mundo.

          Luego ascendió, creando ramas, caminos, que se bifurcaban hasta llegar a los Instrumentos que tuvieron protagonismo en la obra de la creación. Una de ellas fue Jojmáh, la sabiduría con la que se fundó la tierra; Bináh la inteligencia capaz de afirmar los cielos y Dáat, la ciencia con que los abismos fueron divididos.

          Demógenes se detuvo un momento, enderezó las rodillas, volviéndose a poner en pie, mirando el progreso de su trabajo, lo estudió desde arriba, no podía cometer ningún error, el más pequeño error podía significar fracaso, y su obsesión en la materia no le dejaba tranquilo en pensar que todo este trabajo podía ser en vano, no llegar a funcionar. Le temía al fracaso. Se limpió el sudor que se arrastraba por su frente arrugada con el reverso de su manga. Y volvió al trabajo.

          Continuó con las siguientes Sephiróth, aquellas pertenencias del divino, propiedades, cosas que los humanos ven como objetivos, y buscan con menester, pero son volubles y temporales. Pero no nos pertenecen, son incumbencias sagradas. Las esferas se abrían para encerrar a Jésed, la magnificencia y Guevuráh, el poder, continuaba por Tiphéreth, conocida como gloria, luego estaba pintada la victoria, Nétzah en hebreo y el honor, Hod. Luego fue por aquellas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra que son Kol y Yesod. Y marcó Maljuth, la última de aquel grupo, el reino.

         Volvió a erguirse, se paró sobre el Árbol de la Vida, observó las Diez Sephiróth, las cuales las había distribuidas en tres columnas, la columna del Equilibrio, la columna del Rigor, y la columna de la Misericordia.

         Estaba terminado, y sintió como la satisfacción lo invadió. Su corazón se agitó, y por un momento pensó que se quedaba sin aire. La tensión era demasiada, y tenía ciertos efectos sobre su longevo cuerpo. Tardó unos minutos, pero volvió a recuperar la cordura. Pensó en lo que había hecho. La mayoría estudiaba la Cábala para alanzar la iluminación, llegar a Dios y unirse a él. Sentían la satisfacción en creerse más beatos, más santos. Pero él no era una persona como ellos, él no buscaba ver a la cara al creador, pensó que ya lo vería en el momento que llegara su hora de morir, y estaba seguro que no faltaba mucho, ya estaba muy viejo y sabía que su muerte se acercaba. Lo que Demógenes buscaba era un tanto diferente, había un rumor que se había extendido entre los eruditos que había estado frecuentando últimamente: “La Cábala no es solo un medio para llegar a Dios, también es un sistema de invocación”, eso había dicho el famoso poeta, y Demógenes le creyó, solo ahora debía comprobar si realmente era cierto, y algo, una corazonada algo lúgubre, le decía que lo era.

          Decidió no perder más tiempo, fue a buscar aquella cajita de madera de roble, que guardaba una espada corta en su interior, pero no era una espada cualquiera, Demógenes la había hecho bendecir por el arzobispo de París. La tomó con cuidado y hundió la hoja metálica en la carne de la palma de su mano. Una invocación requiere de una ofrenda, se dijo mientras aguantaba el dolor que le generaba al abrirse una herida voluntariamente. Un surcó de sangre comenzó a brotar de su palma, y la encausó por los senderos del árbol, comenzó en el Aleph, y fue recorriendo los caminos hasta llegar a Tav. Mientras hacía el recorrido, no se quedó en silencio, comenzó a recitar:

          — "Bendito seas Tú, oh YHVH, Dios de Israel nuestro Padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh YHVH, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh YHVH, es el reino, y Tú eres excelso sobre todos.” — cuando llegó a al decimoprimer sendero, Kaph, se detuvo por menos de un segundo y reinició su recitación, cambiando a un proverbio— "Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, Y sus frutos más que el oro fino…”

          No pudo terminar de recitar, porque cuando la última gota que escapó de su herida llegó a Tav, el último sendero, sintió un fuerte estruendo que sacudió el suelo y las paredes, un segundo después una sensación quemante lo azotó con fuerza, sintió como fuego subía por su espalda y se colaba por su espina dorsal hasta llegar a su cerebro. Su visión desapareció, por un momento olvidó donde estaba, no sentía nada, era como si no tuviera cuerpo y fuera solo alma y espíritu. Unos segundos después su visión volvió, pero ya no estaba en su casa, estaba parado sobre la nada, todo a su alrededor estaba vacío, solo había luz brillante. Caminó sobre la nada, se fue acercando, paso a paso, hasta que divisó a lo lejos tres montañas, de picos altos y piedras brillosas, y delante de ellas se hallaba una enorme puerta dorada, de oro reluciente. Escuchó una voz barítona, tranquilizadora y potente que le dijo:

         — “Ella es árbol de vida a los que de ella echan mano, y bienaventurados son los que la retienen.”

         Luego de esas palabras la puerta de dos hojas se abrió lentamente, mostrando un interior luminoso. Era la presencia de Dios, lo sabía. La curiosidad por un momento lo hizo avanzar hacia la puerta, pero se recordó que ese no era su objetivo, todavía no quería conocer al creador.

         —Y la retengo, por eso toma de ofrenda mi sangre, mi sacrificio, y a cambio has propicio de la invocación, del intercambio — le respondió a la voz, manteniéndose recto, sin mostrar una pizca de miedo ni sumisión.

         Un fuerte viento comenzó terminadas sus palabras, tuvo que entrecerrar los ojos, pero no los apartó de la puerta que estaba frente a él, la cual comenzó a cerrarse, guardando en su interior aquella presencia que nadie debe ver en vida. El fuego volvió, pero esta vez de una manera violenta, apresó su corazón con garras encendidas y quemó su cerebro como si con lava se tratase. Sentía dolor desgarrador, intentó gritar, pero su boca no quería proferir sonido alguno.

          Se vio de vuelta en su casa, en su sala, frente al árbol de crayón que había dibujado en el suelo, pero no estaba solo en su casa. Un joven hermoso estaba parado frente a él. La habitación, antes inmersa en oscuridad, a excepción de unas pocas velas, ahora estaba iluminada, la presencia de aquel joven, la llenaba por completa, su luz penetraba cada rincón de la sala, como si fuera de día. Demógenes observó al joven al rostro, el cual tenía facciones hermosas, casi andróginas. Entonces lo supo, la invocación había funcionado. Tenía un ángel ante él. Su corazón se encendió con entusiasmo de solo pensar en lo que había hecho y de todo lo que sería capaz a partir de ahora.

          — ¿Cuál es su nombre? — le preguntó el anciano, intentó ponerse de pie, pero la presencia de aquel joven parecía mantenerlo reducido, inmóvil en el suelo.

          —Soy potestad Sensiner, una de las custodias de las fronteras, mi tarea es vigilar los márgenes del mundo espiritual con el mundo físico. Y se ha roto el equilibrio, usted no pertenece al otro mundo, ni yo a este — el ángel rebuscó dentro de su túnica, y sacó de su interior una espada larga, que parecía brillar de manera preeminente, la sostuvo de su empuñadora plateada, mientras apuntaba el filo metálico hacía el anciano.

         — ¡¿Qué piensas hacer?! — preguntó Demógenes al ver como Sensiner empuñaba la espada frente a él. Se arrastró hacia atrás, pero escapar era imposible, su cuerpo se sentía débil y cansado, apenas se pudo separar unos centímetros de aquella aparición.

          — Mi deber es mantener custodia sobre las fronteras espirituales. Debo eliminar la amenaza y volver los mundos a su habitual equilibrio.

          — ¿Yo soy la amenaza? — la pregunta de Demógenes no fue contestada, porque su respuesta era obvia, él era el peligro, él era el que había roto las fronteras y traspasado a lugares desconocidos que no pertenecen a este mundo.

         Senciner blandió la espada con fuerza, el anciano intentó huir de nuevo, pero fue inútil, antes de que pudiera arrastrarse un centímetro más allá, la espada del ángel le atravesó el pecho. Senciner se quedó junto al cuerpo hasta que este expiró su último aliento, y estando así seguro que Demógenes estaba muerto, su presencia se esfumó de la sala, volviendo al plano espiritual, a donde pertenecía.




















miércoles, 7 de junio de 2017

Último relato escrito con la pluma de sangre



Las palabras tienen fuerza, tienen vida. Son tan misteriosas como el océano y tan profundas como el infinito. Nunca sabes hasta donde llegarán y las consecuencias de escribir una. Son como un arma de fuego, que al disparar pueden herir, pueden matar.
¿Quién dijo que las palabras no  son peligrosas?, si alguien lo pensó no sabe nada, es un pequeño incrédulo, un suertudo que no tiene idea de lo que habla.
Soy Rebeca Aja, soy una de aquellas, incrédula, ignorante. Que despilfarraba letras por doquier, escribía insistentemente, como un ciego terco, sin tener presente el enorme peso que llevaba mi pluma.
Mi musa tenía carne y piel, la hallaba a mí alrededor, miraba por la ventana, y lo que veía se convertía en inspiración. Mi musa era cambiante y mudaba constantemente. Un día se encontraba sobre un ave, y al otro sobre un anciano que solía pasar caminando todas las mañanas sobre la vereda de mi casa. Mis musas se agotaban y las reemplazaban nuevas. Cualquiera podía ser mi fuente de inspiración, y no tenía vergüenza de observar por aquella ventana, o de salir a deambular en busca de un nuevo soplo de estímulo.
Pero nunca fui consciente de la fuerza que arraigaban las palabras, gustaba de escribir todas las noches, creía que recrear un ambiente antaño y rústico me ayudaría a exprimir lo mejor de mí misma. Relataba sobre hojas algo ya amarillentas, a la luz de una lámpara, solía mojar la pluma en el tintero repetidas veces, mientras suspiraba intentando evocar a mi imaginación. Así pasaba varias noches hasta acabar con un cuento o una novela. Nunca había pedido la opinión de nadie, pero estaba segura que mis obras eran confeccionadas a la perfección, haciendo uso de buena gramática y valor estético. Solía leer y releer mis obras una y otra vez, mientras me embargaba un sonrojo acalorado, ¡Yo había escrito eso!, y sentirme tan orgullosa resultaba vergonzoso. Las cosas fluyeron bien por un tiempo, pero el ave que había sido plasmada en mi poesía, ya no venía a cantar a mi ventana, y el anciano que solía pasear por la vereda, no volvió nunca más por aquí. Una sensación extraña muy parecida al horror me embargo. Hice caso omiso a aquella sensación que tenía aires de señal, y predispuse mis dones en un nuevo relato, que esta vez tendría sensaciones pueriles y un matiz algo infantil. 
Era de mañana cuando la musa que me frecuentaba se presentó ante mí. Era un canino de pelaje blanquecino, acompañado de un niño pequeño, que rondaba los seis años, se lo veía activo y alegre, correteando por el jardín de la casa vecina. Parecía que ambos estaban inmiscuidos en un juego de persecución, por momentos el perro perseguía al niño, y a veces los papeles se invertían. Era una escena agradable, y fue fácil inspirarse con ella. Describí primero al niño y a su mascota, al igual que su relación juguetona y cálida, de amistad y camaradería. Pero no todo en la vida es color de rosas, la muerte es parte de la vida, y en ese relato se presentó de manera triste y oscura. Los animales no viven mucho, y allí se mostró, el personaje perruno enfermó inesperadamente, y luego de una muerte imprevista, dejó al niño desolado y hecho un mar de lágrimas. La solución fue fácil, sus padres le compraron un nuevo cachorro, como resultado el infantil dejó de llorar porque había conseguido un nuevo amigo. Pero ¿El nuevo cachorro era un remplazo del anterior?, lo era y al  mismo tiempo no, el nuevo amigo nunca podría remplazarlo pero servía para mitigar el dolor. Sonaba triste, y sí lo era, la vida animal era frágil y breve, como la humana, solo que mucho más, pero servía al niño para hacerse fuerte y enfrentar dolores futuros, porque la adultez del hombre es asediada por plagas de infortunio y tristezas aun mayores.  
Había quedado conforme con el relato, enseñaba a valorar la vida, según yo creía, porque  es frágil el hombre y su vida misma también lo es. La muerte camina entre nosotros, y nos selecciona con su índice lúgubre en un juego de azar.     
Pasaron varios días, y mientras miraba hacía el jardín vecino desde mi ventana, una sonrisa no dejaba de asomarse por mis labios, estaba conforme, y mucho, el relato era simple, pero al mismo tiempo cargado de ideales y tópicos entrañables, comunes a todos. Mi sonrisa se borró cuando fui testigo de algo que me descolocó. El niño estaba en el jardín, pero no estaba jugando, no, ni tampoco su amigo canino lo acompañaba. El niño lloraba, su pena era grande, y sus lágrimas pesadas. Una sensación que había sentido antes volvió sobre mí. Paseé mi mirada por todo el jardín en una búsqueda desesperada. El perro no estaba por ningún lado, y las lágrimas desconsoladas del niño solo podían significar una cosa.
Era mucha coincidencia.
Esa sensación parecida al horror volvió más fuerte que antes.
Me tomé las sienes en un impulsó de frenar mi propio miedo. ¿Había matado al perro?, ¿O había sido mi pluma?
Las coincidencias existen, fue lo único que me calmó, pensé aquella frase una y otra vez, incluso llegué a pronunciarla en voz alta. Las coincidencias existen.
Aquella noche dormí envuelta en pesadillas. Soñaba con la pluma y el tintero, escribía y las palabras que salían de la pluma se volvían de azul a rojas. La tinta añil era remplazada por sangre, por muerte.
La noche me había servido de catarsis. Mis ideas se habían aclarado y el miedo apaciguado. Podía pensar con claridad e idear un plan que comprobara lo que temía. 
Volví a sentarme en aquel escritorio rústico, bañé la punta de metal en el tintero, que anoche en mis sueños estaba llenó de sangre. Y comencé a escribir, sin importarme que el sol se filtrara por la ventana, no podía esperar a la noche para comprobarlo, necesitaba tener las pruebas ahora mismo, y no había mejor manera que comprobarlo en carne propia. Yo sería la protagonista de mi nueva historia. Sé que podía morir si mi pluma era asesina, lo sabía bien, pero no podía quedarme de brazos cruzados, si resultaba que tenía la capacidad de matar mediante mi escritura, incluso sabiéndolo no desistiría en mi menester, no podía, nunca podría soltar la pluma, y lo sabía y por eso mismo opté que él último cuento que escribiría, yo sería el objetivo. No mataría a nadie más.    
Entonces este pedazo de papel que has encontrado, podría ser mi último relato. Y si me preguntas como pienso terminar con mi vida, pues te lo diré. Soy amante de personajes de vidas trágicas, adoró que las palabras tengan imagen fría y oscura, pero al mismo tiempo que causen sensaciones de calor y misterio. Entonces si tuviera la posibilidad de elegir mi propia muerte, lo haría de la siguiente manera:
Rebeca Aja aquella noche no durmió. Sabía que era su fin, y esperó a la muerte sentada en su cama, expectante, envuelta por cientos de diferentes emociones, era verdad que tenía miedo, esa misma noche conocería a la muerte, era muy joven todavía, y lo sabía, pero al mismo tiempo estaba emocionada, porque sería la única persona que sería capaz de ver la muerte con sus propios ojos. Ella lo deseó, y sabía que si lo deseaba y lo ponía por escrito se haría realidad. Deseó ver a la muerte a la cara antes de morir. Deseó ser la única persona en la historia de la humanidad que fuera capaz de conocerla, de adelantarse a ella, de ordenarle. Y todo eso lo escribió, aquí esta su última escritura, y esta noche esperara a la muerte sentada en su cama.  
Rebeca Aja
         
                

               

jueves, 18 de mayo de 2017

Enemigo Imaginario


Soy de esas personas que no se conforman con una amistad. No encuentran placer en una conversación amena, ni mucho menos disfrutan de la compañía cálida. No, la excitación se despierta en el altercado, en el debate. El fuego se enciende junto con el odio. Sentir aquella satisfacción aguerrida que nace producto de una discusión. No necesito amigos, sólo a alguien a quien odiar. Pero al igual que los amigos de verdad son difíciles de encontrar, lo es aún más hacerse un enemigo de calidad.
Si buscas de hacerte de enemigos no necesitas más que hacer un par de cosas, la más rápida es contradecir las convicciones ajenas, pero esa enemistad tiene una falla, puede llegar a ser temporal, si el contrincante no es inundado por el fanatismo desmedido dudo mucho que se cree una verdadera enemistad, o en el mejor de los casos si resulta ofendido por la contrariedad el enojo es de corta duración, y en el momento que la discusión toma un camino en distinto tema, la discusión termina zanjada.
Otro método algo más efectivo es de hacerse a uno mismo enemigo de los demás, con adoptar una expresión altanera y proferir un par de comentarios insultantes, posiblemente te ganes la grima de varios. Pero con todos estos métodos llegó un momento en que no era suficiente, no conseguía encontrar a mi álter ego, no importaba cuanto buscará o cuanto me reforzará. Y sólo pude llegar a una solución.   
Al fin y al cabo el arma más poderosa es la imaginación, e hice uso de ella en su mayor esplendor. Así fue como surgió Napoleón, no se trata del personaje histórico que están pensando. No, se trata del antagonista perfecto. Lo nombre como a un gato, dándole un nombre algo cómico pero al mismo tiempo imponente. Es como aquellas personas que nombran a su perro León, cuando en vedad se trata de un canino, pero lo que nos quieren decir es que el animal es algo salvaje y peligroso. Con esa misma filosofía Napoleón fue bautizado como un militar político, porque tenía una personalidad aguerrida, y parecía que quisiera conquistar al mundo, nadie tenía la razón, sólo él, y su hobbie era imponerse sobre los demás.   
Solíamos discutir todos los días, incluso llegábamos a amenazarnos de muerte, aunque nunca pasó a mayores. Era divertido debatir con él. Nuestras discusiones se volvían eternas y cada altercado era un logro, aunque perdiera, porque lo que en verdad ganaba era un gran placer sentir aquel calor en el pecho, ser consciente de la excitación pueril.
He recibido muchas calificaciones por parte de aquellos a quienes llegué a disfrutar. Cínico y hedonista eran los más recurrentes, y muchas veces me pregunté si estaban en lo cierto, posiblemente lo estaban, porque más que insultos me caían como elogios. 
Napoleón no se creó de un día para el otro. Fue un proceso largo y tedioso. Fue mutando y evolucionando, cada vez se volvía más odioso y pendenciero. Incluso fue partícipe de mis desgracias. Una taza rota, una tostada quemada, un examen desaprobado, un trabajo perdido. Era la causa y la consecuencia de una vida solitaria. Realmente llegué a odiarlo, en la manera en la que me aislaba, pero cuando más lo odiaba más satisfacción recibía a cambio.
Nunca se me pasó por la mente la idea de deshacerme de Napoleón. No quería perder mi fuente de diversión. 
Pero llegó un momento en el que me pregunté la verdadera razón de su existencia. ¿Quién era Napoleón en mi vida?, ¿Era un simple monigote, un juguete sin significado mayor?, ¿O simplemente era a alguien que creé para hacerlo responsable de mis errores y derrotas?

jueves, 4 de mayo de 2017

Los beneficios de ser el otro


                Las luces exteriores caminaban de manera intermitente por la pared de enfrente, y cuando terminaban el recorrido volvían al principio. El vagón estaba vacío, a excepción de un hombre algo adormilado, y una anciana sentada al otro extremo, que siquiera lo había mirado una vez. 
                Había sido un mal día. El hombre había perdido su trabajo, pero en vez de sentirse enojado o triste, se sentía con sueño. Simplemente estaba cansado, de luchar contra la vida, de sobrevivir, de intentar. Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación, descendió y arrastrando los pies caminó fuera del lugar en dirección a donde vivía. Estaba decidido a tirarse en el colchón que descansaba en su precario monoambiente y dormir por días y ya nunca despertar. Simplemente quería perderse y ya no saber nada de nada.  
                Mientras caminaba de vuelta a su hogar, con las manos en los bolsillos, y la mirada cabizbaja, percibió de perfil una sombra. Se giró en un segundo, y descubrió, que a unos metros caminaba un hombre, se tambaleaba y se sostenía de la pared más cercana. Se lo veía muy descompuesto.
                — ¿Se encuentra bien? — le preguntó cuando se acercó a él. Su interlocutor no le respondió — Obviamente no — terminó por responderse a sí mismo.
                Pasó el brazo ajeno por su hombro y de aquella manera lo acarreó hasta su precaria casa.
                — Mi casa está cerca, aguanta.      
                Los pies del enfermo daban pasos insignificantes que no eran de mucha ayuda. Agradeció internamente por no encontrarse muy lejos de su casa y de manera dificultosa lo llevó hasta su monoambiente, allí lo dejó sobre su colchón, pero con algo de vergüenza, su casa era extremadamente pequeña y desordenada, se sentía totalmente penoso llevar a alguien con un traje tan caro a una casa tan pobre.
                — Señor, ¿Cómo se encuentra? — el hombre lo sacudió un par de veces, y al ver que no recibía ningún tipo de respuesta por la otra persona comenzó a preocuparse. Lo sacudió con un poco más de vehemencia, pero eso no alteró el resultado. El desconocido seguía sin moverse.
                Comprobó su respiración y luego su pulso, y como le temía. El hombre estaba muerto.  
                Inmediatamente un breve ataque de nervios lo invadió. Lo que le faltaba, encima de haberse quedado desempleado ahora tendría que enfrentar una causa judicial donde lo apuntarían como principal sospechoso de un homicidio, porque después de todo, el hombre murió en su habitación. Este miedo fue esfumado de repente al percatarse del rostro del desconocido. Tenía un gran parecido con él mismo. Era como si se hubiera encontrado con un gemelo perdido. Lo único que los diferenciaba era la forma de la quijada y un lunar en la mejilla izquierda, que ambas cosas eran convenientemente disimuladas por su barba ya algo crecida. Pero fuera de eso, era una reproducción de sí mismo, como verse en un espejo.
                Rebuscó en los bolsillos del traje y encontró una billetera colmada de dinero, más la identificación del hombre. Jacobo Bacon, su apellido era como aquella famosa marca de electrónica. “Empresas Bacon”, cuantas veces había escuchado de aquel famoso imperio, una potencia que no solo se detenía en la invención de electrónica, sino que tenía negocios de indumentaria y comida chatarra. Si este hombre se trataba de quien creía que era, tenía ante él el cadáver de uno de los hombres más influyentes del país, y posiblemente del mundo. Y tenía la dicha que fuera patéticamente parecido a él. 
                No lo pensó mucho, ya no quería dejar de existir como antes, ante él se abría una nueva puerta, una posibilidad que si osaba de ignorar se sentiría verdaderamente estúpido.
                Primero le sacó el traje y los zapatos, y se los probó. Incluso compartían hasta la misma estructura del cuerpo, el traje le acuñaba a la perfección y los zapatos eran el talle correcto.
                Tomó una bolsa de residuo negra, y metiendo el muerto dentro se aseguró de cerrarla bien. No quería que el olor a putrefacción alertara a los vecinos, y por último escondió el bulto en el fondo de su placar cubriéndolo con su ropa vieja y edredón algo deshilachado. Y por último, siguiendo la dirección que encontró en el documento del hombre, se dirigió a su nueva casa, a su nueva vida.
                             Jacobo Bacon vivía en un piso de edificio, era un departamento amplió, enorme y colmado de muebles caros. Pero al parecer el magnate no vivía solo. Cuando entró al departamento lo esperaba una mujer, bella y delgada, de cabello anaranjado. Lo recibió con un abrazo cálido y un pequeño, pero amoroso beso.
                — Jacobo, llegaste a casa antes. Pensé que no volverías hasta mañana — decía realmente feliz.  
                — Es que trabajé horas extras para poder volver a casa cuanto antes. Ya te extrañaba — el hombre improvisó lo mejor que pudo, y pareció funcionar, porque la mujer se veía feliz.
                — ¡Qué bueno!, entonces prepararé una cena especial para festejar tu regreso adelantado— dijo con una adorable sonrisa y se dirigió a otra habitación, a lo que supuso sería la cocina.
                El hombre se quedó parado en su lugar, unos segundos inmóvil, y luego sonrió ampliamente. Se sacó el saco y lo colgó en el perchero de la sala, y recorriendo un poco la habitación fue a sentarse sobre el sillón, que resultaba ser increíblemente cómodo. Tomó el control remoto que descansaba sobre el reposabrazos y encendió la televisión. Realmente le agradaba esta nueva vida. Un departamento lujoso y una hermosa mujer, que era amable y cariñosa, incluso creía que podría hasta enamorarse de ella. Era una vida perfecta.
                A la mañana siguiente lo despertó el sonido del despertador, era un suave pitido intermitente, mas una caricia de la mujer que dormía junto a él.
                — Cariño, es hora de levantarse. Tienes trabajo hoy.
                Luego de desayunar y no poder seguir la conversación de la esposa, ya que hablaba de personas que no conocía, pero que disimuló bien su expresión por una de interés. No podía levantar sospechas, estaba seguro que se acostumbraría a esa vida en poco tiempo. 
                Suerte que tenía un chofer con un auto de negro lustroso, esperándolo en la entrada del edificio, porque no sabía donde debía ir para trabajar. El chofer era un hombre amable, y de conversación, aunque ligera, cálida.
                El edificio donde trabajaba era enorme, ni siquiera pudo contar los pisos a simple vista. Por suerte en la recepción había un mapa del edificio, sino no sabría donde se encontraba su oficina.
                — El señor Fisher lo está esperando — le dijo la secretaría que antecedía a su oficina.
                El hombre le dijo un “buen trabajo” que fue recibido con una sonrisa sorprendida, y luego de leer la placa de la puerta “Gerente General”, realmente tenía un puesto importante y leer esas dos palabras fue el detonante a una sensación placentera que lo llenó por completo. Era importante, rico e influyente como ninguno. Nunca se cansaba de seguir redescubriendo su nueva vida. La vida de Jacobo, que ahora le pertenecía a él.
                En la oficina lo esperaba un hombre de piel algo dorada, tenía ojos negros e intimidantes y su sola presencia parecía evocar el misterio y las sombras.   
                — Bacon… — dijo sonriendo de manera extraña.
                — Buenos días, Fisher. ¿Qué lo trae a mi oficina?  
                — Déjate de formalidades — siempre había sido bueno para leer el ambiente, y este en particular le ponía la piel de gallina — Ya sabes por qué vine.
                El impostor intentó mantener su rostro libre de cualquier expresión, era como un muerto, con los músculos del rostro tiesos. No podía arriesgarse a mostrar confusión o que no sabía de qué le hablaban, ya que la mirada de su interlocutor era tosca y decidida, incluso desafiante.
                — Sí — se limitó a responderle, debía tener cuidado, pero siquiera sabía de que le estaban hablando.      
                — Lo tienes inquieto, y dijo que si no lo tiene para hoy en la noche… — se interrumpió a sí mismo — Bueno, ya te imaginas que te sucederá.
                Sí, era una amenaza y una muy aterradora.    
                — Dile que se quede tranquilo — debía improvisar, estaba seguro que si no actuaba de esa forma  la situación se podría volver peligrosa para él — Lo tendrá — Fisher lo miró de manera desconfiada,. Lo que lo instigó a insistir en su respuesta — Lo tendrá todo.
                Fisher pareció satisfecho con la respuesta, y con una despedida tosca y desinteresada, salió de su oficina.
                ¿En qué negocios estaba metido Jacobo Bacon?, ¿Quién estaba intranquilo?, ¿Qué era eso que quería para la noche?, obviamente la respuesta a esas preguntas le llevarían a lugares alejados de los límites de la legalidad.
                Caminó hasta su escritorio y se sentó, todavía con la piel erizada, se llevó los dedos a las sienes y se masajeó allí, como si aquel masajeó a los costados le ayudara a pensar. ¿Qué debía hacer?, las cosas se estaban tornando peligrosas, pero se creía capaz de salir de esto. Debía terminar con los negocios dudosos en los que participara la empresa, o por lo menos mantenerlos a raya, en un lugar donde no supusiera ningún peligro para él.        
                Mientras pensaba en esto, lo interrumpió el crujido de la puerta al abrirse de repente, unos pasos de tacón resonaron sobre la moqueta, y su vista fue robada por las curvas de un cuerpo de mujer. La mujer llevaba el cabello corto, y un vestido que no dejaba mucho para la imaginación. Dejó una pila de documentos sobre el escritorio, y bordeando la mesa se sentó sobre las piernas del hombre.
                — Jacobo,  necesito que le dé una revisión a esos documentos — dijo mirando a la pila de hojas que había traído consigo — pero siempre lo dejamos para más tarde — y riendo coquetamente paseó sus dedos por el pecho ajeno, mientras jugueteaba con la corbata con la otra mano, la cual subió segundo después hasta su rostro, se relajó un poco más e inclinándose levemente comenzó a besarlo — me gusta como le queda la barba — dijo paseando un dedo por su mentón y luego siguió en la labor de besarlo de manera profunda. 
                Jacobo teniendo una dulce y amorosa esposa esperándolo en casa, ¿Necesitaba jugar con otras mujeres?, no lo entendía, en su monoambiente no lo esperaba nadie, ni siquiera un hámster, porque no tenía ni siquiera dinero suficiente para darse el lujo de criar una mascota. Y Jacobo que tenía la suerte de formar una familia, ¿Lo desperdiciaba de esta manera?, sí, la mujer que lo estaba besando era hermosa, e incluso mucho más sensual que su esposa, ¿Pero lo valía?
                El altavoz del teléfono resonó en el aire, y fue la voz de la secretaria la que se hoyó.
                — Señor, su esposa vino a verlo — y con eso se abrió la puerta mostrando en el umbral a una segunda mujer algo animada. 
                — ¡Cariño!, te he traído el almuerzo, ya que como tienes mucho trabaj…
                La mujer de cabello corto despejó su boca de la suya en un movimiento veloz, pero todavía permanecía sentada sobre su regazo.    
                — ¡Lo sabía! — la esposa había comenzado a llorar — cuando decías que no podías volver por trabajo, seguramente era porque ibas a ir a un hotel con ella, o tal vez lo hicieron en tu oficina, aquí mismo, ¡No me importa! — se secó las lágrimas con su propia mano y comenzó a llorar más fuerte — ¡No vuelvas a casa nunca más, porque no te abriré la puerta!  — y con eso se dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso decidido.
                Y no la detuvo, ¿Acaso debía hacerlo?, ella no era nada para él, era la esposa de Jacobo Bacon, no de él, nunca lo fue.
                — Ya era hora que te deshicieras de esa mujer estúpida — dijo la que todavía permanecía sobre él.
                — Sal de mi oficina — le dijo sin expresión alguna, después de todo tampoco conocía a esta mujer.           
                — Pero…
                — Ahora.
                Y con eso último la mujer no insistió más, colocó los tacones en el piso y se marchó caminando a paso apresurado.  
                El hombre se mantuvo cabizbajo, perdido entre pensamientos algo confusos. Había sido un mal día. Las cosas no estaban resultando como él esperaba. En vez de tener una nueva vida cómoda y rodeada de lujos, se encontró con un montón de problemas. Lo que menos llevaba Jacobo Bacon era una vida tranquila.
                Cuando por la ventana entró la luz anaranjada, proveniente de un fresco atardecer, era hora de volver a su casa. Pero ¿A dónde iría?, la esposa le había prohibido volver a poner un pie en el departamento. Tal vez podría ir a dormir a un hotel, después de todo tenía mucho dinero con que pagarlo.   
                Estacionado a un lado de la acera lo esperaba un auto negro, pero no era el mismo conductor que lo había pasado a buscar en la mañana, no, era otro, y que al verlo le pareció sumamente sospechoso.
                — Puedes irte — le dijo al chofer quien lo miraba expectante, fingiendo una sonrisa amable — Hoy no volveré a mi casa.
                El hombre comenzó a caminar lejos del auto, pero el chofer todavía no se marchaba del lugar. Lo observaba a través de la ventanilla. Comenzó a caminar de manera apresurada, y fue cuando se percató que el auto lo seguía lentamente por detrás. El chofer no lo iba a dejar irse tranquilamente, eso lo entendió bien.
                Cuando quiso salir corriendo, el chofer sacó un arma por entre la ventanilla parcialmente abierta.
                — Entra al auto sin hacer escándalo si no quieres un agujero en la cabeza — ese fue el incentivo para comenzar a correr. Y el chofer no mintió, disparó, pero para su suerte la bala tomó la dirección equivocada y se incrustó en la pared a unos centímetros de su cabeza.
                Corrió a una calle congestionada, y siguió corriendo hasta la peatonal más cercana. Rodeado de personas que iban y venían le era fácil confundirse con el resto. Pudo ver un par de veces al chofer caminando entre la multitud buscándolo con la mirada, pero por suerte no lo descubrió.  
                Intentó actuar lo menos sospechoso posible para no llamar la atención, y de esa manera se alejó de las calles concurridas una vez que estuvo seguro que había perdido de vista a su perseguidor.
                Debía escapar, y solo un lugar vino a su mente.
                Volvió a su antiguo monoambiente. Al abrir la puerta lo primero que sintió fue un hedor a encierro, mezclado con humedad y un ligero aroma a carne podrida. Tomó la bolsa que estaba oculta debajo de su vieja ropa y edredón deshilachado. Le dio una rápida mirada al interior de la bolsa, quería asegurarse que todavía Jacobo Bacon estuviera allí dentro, y efectivamente lo estaba. Había pasado solo un día, por lo tanto el cuerpo se encontraba exactamente como lo había dejado, solo que su cuello estaba tomando un color algo verdeazulado y su rostro había comenzado a deformarse un poco.
                Se mantuvo inquieto sobre los pocos metros de su casa, pasadas varias horas, donde la tarde se había marchado, y la noche silenciosa y desértica había su presencia, fue cuando el hombre, cargando la bolsa con ambas manos, se aventuró fuera de su monoambiente. Caminó por las calles que conocía que eran las menos transitadas, y que a esa hora ni un alma las peregrinaría. Tuvo que marchar varias cuadras, con la bolsa a cuestas. Llegó al muelle más viejo del puerto, donde sabía que no se encontraría con nadie allí. Y ahí mismo tiró la bolsa al mar.
                Se quedó hasta que escuchó el impacto del cuerpo con el agua, fue allí que se pegó media vuelta y se marchó de vuelta a su casa.  
                Esa noche durmió entrecortado, por momentos creyó que le derribarían la puerta y allí mismo lo matarían de varios balazos, pero nada de eso sucedió.
                A la mañana siguiente lo primero que hizo fue desayunar un pan viejo que tenía guardado en la heladera para que durara más tiempo, mientras miraba la televisión. Casi se atraganta con un pedazo de ese pan cuando oyó la siguiente noticia:   
                — Hoy a la mañana encontraron un cuerpo en la bahía… — anunciaba la periodista a través de la pantalla, mientras señalaba el paisaje que le rodeaba: unos muelles que se extendían hacía el interior de la bahía, y algunos edificios que resaltaban por detrás  — Jacobo Bacon fue encontrado flotando dentro de una bolsa a las cinco de la mañana por un pescador del lugar. Los forenses aseguran que fue envenenado y horas después arrojado al mar. Existen rumores que el empresario Bacon mantenía negocios estrechamente ligados a la mafia. Y se cree que fueron ellos mismos quienes lo mataron… — lo que dijo la periodista a continuación el hombre ya no le prestó atención, estaba muy ocupado pensando en todo lo que le había sucedido en estos últimos días.
                Una sonrisa se demarcó en su boca, y dándole una mordida impetuosa al pan, se carcajeó mientras masticaba las migas.  
                Nunca se había sentido tan satisfecho de ser él mismo, y no el otro.       

   
  
               
                 
                 

 

martes, 11 de abril de 2017

Soy


Soy como un volcán,
de interior fuego y lava encendida.
Soy como un huracán,
arraigada por ímpetu fluida.    
Soy como una tormenta nevasca,
de corazón helado y mañanas grises.  
Soy como el roció de la mañana,
de lágrimas escasas y simples.  

Soy verano,
luz, fuego y color rojo.
Soy otoño,
pierdo y renuevo, un cambio paradojo.
Soy invierno,
viento, fuerza y fría fuente.
Soy primavera,
Alma colorida y floreciente.

Soy como esas personas que piensan en todo,
pero no dicen nada.
Soy como esas personas que guardan una biblioteca,
pero acotan un colofón.     
Soy como esas personas dementes,
que piensan en miles de historias,
pero que solo viven una.


lunes, 27 de marzo de 2017

Acto en Cuatro Personas



Personajes:
Rivaldo
Señorita Elena (esposa de Rivaldo)
Señor Rojas (amante de Elena)
Hermano de Rivaldo

(La escena transcurre en una sala escasa de luz, donde solo es iluminada por una pequeña ventana y una lámpara de gas. En medio hay un escritorio de madera antaña, sobre el mismo se halla un arcabuz recortado, cargado con pólvora y una bala de plomo)  

Rivaldo. — No importa cuántas disculpas escuche, no valen nada. Son falacias farfulladas con miedo, con desmesura, con calumnia.
Elena. — Lo siento, Rivaldo. ¡En serio lo siento!, perdóname por serte infiel. Busca en tu corazón, aunque sea el más pequeño atisbo, yo sé que hallarás clemencia por mí. Después de todo soy tu amada esposa. Aquella mujer a la que le confesaste el más ferviente y grande de los amores. (Le da una temerosa mirada al arcabuz que todavía yace en el escritorio)  
Rivaldo. — Por eso mismo, el engaño es más doloroso. Y lo vuelvo a repetir, no pidas perdón cuando en verdad no te arrepientes de haberme engañado.  
Rojas. — Rivaldo, no culpe a la señorita. ¡Ella no tiene nada que ver!, toda la culpa recae en una sola persona, y esa persona soy yo.       
Rivaldo. — ¿Eso quiere decir que Elena fue obligada a engañarme?, ¡Víctima de un ataque!, ¡No te burles de mí!, ella parece tenerme más miedo a mí, que a usted.   
Rojas, — Sí, yo la ataqué. Soy el único culpable, el único merecedor de su venganza y de la muerte.    
Elena. — No mientas, Señor Rojas. No te confieras toda la culpa, que para engañar se requieren dos personas. Es cierto que engañé a mi marido, pero mi corazón me engaña a mí a cada momento, al no corresponder a mi esposo, sino a otro hombre. Así que no mientas, porque ya hemos sido descubiertos, y prefiero decir la verdad, y si debo morir por confesar un amor verdadero, moriré con el corazón encendido de placer.     
Rivaldo. — Señor Rojas, usted no es más que un ladrón. No solo me ha robado el cuerpo de mi esposa, sino que también se ha llevado con usted su corazón. Ya no tengo nada en ella que me pertenezca. Sin embargo el orgullo es pesado en el cuerpo de un hombre, y hace que sea difícil dejar ir lo que le corresponde. Porque no puedo perdonar, por eso mismo morirá aquí mismo todo sentimiento que una vez tuve por esta mujer, pero no morirán solos, se irán junto con la sangre, la vida y el corazón de Elena. (Se apresura a tomar el arcabuz y dispara)
Elena. — ¡Tenga piedad! (se da cuenta que la bala se incrusta en la pared dejándola salva)
Rivaldo. — Esta arma no fallará una segunda vez (comienza a cargar el arcabuz nuevamente)
(Se escucha el sonido de una puerta abriéndose, el hermano de Rivaldo entra en escena)
Hermano. — ¿Qué ha sido ese disparo?
Rivaldo. — Ha sido el inicio de mi venganza. Cortaré con fuego un corazón mentiroso, y derramaré de él la sangre que palpita por otro.
Elena. — ¡Detenlo!, por favor sálvanos.
Rojas. — Por favor, no nos dejes morir.
Elena. — Ruega por nuestro perdón. Él te escuchara, siempre lo hace.
Hermano. — ¡Basta, Rivaldo!, es suficiente.
Rivaldo. — ¿Cómo puedes pretender que me detenga?
Hermano. — Baja el arma.
Rivaldo. — No lo hare. Siendo hombre deberías entender lo que se siente que hieran tu orgullo. Después de esto ¿Cómo seguiré viviendo?, y solo hay una forma de recuperar mi vida, y es deshaciéndome de aquellos que la han arruinado. ¡No existe otra forma!, Hermano mío, harías lo mismo en mi lugar. 
Hermano. — Es cierto, sí lo haría.  
Elena. — No, no te dejes convencer. Detén nuestra muerte, si no lo haces la culpa te perseguirá por siempre, cada día, cada noche, pensando que con una palabra, un acción, un simple movimiento,  pudiste detener aquella bala. Por ahora estas a tiempo, salvarte de la culpa. ¡No me dejes morir!  
Hermano. — Ya lo he hecho. Ya has muerto. Elena y Rojas están muertos. ¡Entiende, Rivaldo!, han muerto, por aquel mismo arcabuz, por aquellas mismas manos, manchadas de sangre. Un esposo homicida, que por venganza mató a su esposa y amante.
Rivaldo. — No entiendo que dices. ¡Ella está aquí!
Hermano. — No, no lo está.  
Rivaldo. — Sí, yo la veo. Como siempre ha sido, hermosa, de piel aterciopelada, cabellos ondulados y aromatizados a flores. Ojos como el jade, brillantes y misteriosos. Con una sonrisa cálida y una mirada peligrosa. Manos suaves y pies delgados. La veo aquí, como siempre ha sido.
Hermano. — La ves en tu cabeza. Un corazón lastimado nunca dejará de amar, sino que cada vez que quiera sentir, el amor vendrá acompañado de dolor. Para algunas personas el olvido nunca existe, y en aquel vicio de recuerdos que no se dejan ir, surge la locura. Nunca pudiste perdonarla, por eso la mataste, pero luego un sentimiento mucho más doloroso te acató, ya no sentías la herida que su engaño te había dejado, sólo estaba el dolor de su ausencia. Entonces fue cuando no te pudiste perdonar por matarla, por arrebatártela a ti mismo. Enloqueciste. Y en medio de esa locura encontraste la forma de revivirla, ella vive en ti mismo, pero ella no vino sola, su amante la acompañó. Elena y Rojas conviven contigo mismo. Tres personas en un solo cuerpo.
Rivaldo. — (apuntó el arcabuz hacía el pecho de su hermano, con el rostro en lágrimas) ¡Mientes!, ella no puede estar muerta. Mi Elena… mi Elena. 
Hermano. — Cálmate. Baja el arma.
(El hermano de Rivaldo intenta sacarle el arma de las manos, pero Rivaldo le dispara antes de que pueda arrebatarle el arcabuz)    
Rivaldo. — ¿Qué he hecho?
Hermano. — Rivaldo, hermano querido. Mi mayor miedo fue verte sumergirte en aquella locura, y la peor de las heridas fue no poder rescatarte de ahogarte en ella. No es mi culpa, pero la siento propia. Y muero aquí, intentándote llevarte de nuevo a la superficie, salvarte de ahogarte en tus penas y locura. Pero nos hundimos juntos. Me has llevado contigo al fondo. (Muere)    
Rivaldo. — (Llora abrazando el cuerpo de su hermano) Mis manos, manchadas de la sangre fraterna. No soy más que un monstruo, que arrebata y mata a quien quiere. No sirvo ni vivo. ¿Estaré maldito?
(Rivaldo camina hasta el escritorio y se sienta en la silla. Se queda unos minutos en silencio, inmóvil)
Rivaldo. — Hermano, tengo algo que contarte.
Hermano. — ¿Hay algo que te preocupe, Rivaldo?
Rivaldo. — Creo que Elena me es infiel.

Telón.
                   


         

jueves, 16 de marzo de 2017

La bestia


  — ¿Qué es lo que te hace más humano?
La Bestia se mantuvo callado. Con los dedos cerrados en pos de los barrotes de metal. Mirando con aquellos ojos llenos de la luz de la razón, pero que por momentos parecía perderla. Y eso era lo que todos se preguntaban de él, ¿Qué era tan distinto, qué pasaba por su cabeza?, ¿Siquiera pensaba en algo?
Pierasola sabía bien que la Bestia no le respondería, no importaba cuanto insistirá, mantendría su boca sellada. Así que decidió responderse a sí mismo. Porque sabía que aunque se mantenía en silencio, escuchaba todas sus palabras.
— ¿Qué es lo que te hace más humano y menos bestia?, la respuesta se halla en el verbo, en el hacer, más cercano al abstenerse de los deseos y los instintos. Dependiendo de la satisfacción de aquellos instintos, en la privación y en detenerme a mí mismo, eso me hace humano. Pero ¿Qué te hace a ti humano?, mejor dicho ¿Se te puede llamar siquiera como uno?
Su interlocutor movió levemente los dedos, aferrándose aún más a los barrotes que lo encerraban.
— ¿Por eso te llaman la Bestia?, ¿No? — lo miró durante unos segundos, esperando una mínima reacción o gesto, pero ni eso obtuvo — No eres capaz de ignorar aquellos instintos animales. Actúas como un perro, como un animal, salvaje y desentendido. Ignorando a todos y haciendo lo que quieres. Pero no es lo único que puedo decir, eres tan misterioso, nadie sabe qué piensas o siquiera si piensas. ¿Porque actúas así?, nadie sabe como leerte. Yo sé muy bien que entiendes cada palabra de lo que digo. Tus ojos, son engañosos, son más vivos de los que aparentan, analíticos y conservadores. Estoy seguro, nos engañas a todos, eres un animal porque quieres serlo. Conoces el consenso que rige la sociedad, las leyes y la moral, pero no les temes. Decides no ignorar aquellos instintos, no luchas, y a conciencia y con un deseo cínico te dejas absorber por todas aquellas emociones genéticas y arcaicas. ¿Lo haces a conciencia? O ¿Realmente eres una bestia?, esas preguntas convergen en mi cabeza en una lucha constante.
Pierasola se sentía en medio de un remolino que lo movía con fuerza y lo jalaba con un frenesí vicioso. No podía callarse, las palabras salían de su boca como si las estuviera escupiendo.  
— Si te sientes atraído por una mujer, la atacas. Si te reprenden, lo golpeas. Si alguien te disgusta al límite de desear su inexistencia, simplemente lo asesinas. Las personas podemos tener fantasías o deseos oscuros. Pero no son más que ello y no pasarán de allí. Simples fantasías — miró a la bestia, la cual seguía igual de inexpresiva, pero Pierasola tenía la corazonada de que aquel hombre no estaba enfermo mentalmente como todos creían, todas aquellas atrocidades las llevaba a cabo por el simple gusto de hacerlo, tal vez le gustaba sentir la adrenalina del momento o trascender las leyes humanas normales, no lo sabía, pero aquel hombre era capaz de resolver problemas lógicos a tiempo récord, conocía el orden y la organización social como cualquier ser humano correcto, y podía reconocer la realidad tal cual era, ningún desorden mental o ataques obsesivos compulsivos le aquejaban. Era completamente sano, y su mente estaba en sus cabales, pasaba todos los exámenes físicos y psiquiátricos a la perfección. Su solo defecto se acentuaba en su excesiva falta de sociabilización. Pero Pierasola tenía otra teoría, a aquel hombre apodado La Bestia, no era un deficiente social, ni mucho menos, simplemente ignoraba a todos, era una mera actuación, ya que tenía un papel que interpretar.
Pierasola sostuvo la bandeja de almuerzo con fuerza con una mano mientras con la otra abría la puerta de la celda. Se percató de inmediato que el presidiario observaba la llave con una atención poco común. Le entregó la bandeja con la sopa y luego se sentó a esperar que terminara su comida.
Quince minutos después estaba recibiendo la bandeja de vuelta, con el plato de sopa, ahora vacío. Cerró la celda y nuevamente sintió aquellos ojos clavados en la llave. Pierasola antes de volver por el pasillo intentó una vez más hablar con La Bestia, pero esta vez sin esperanza alguna se recibir respuesta.
—Los humanos estamos en constante cambio interno, nuestros deseos y anhelos son reemplazados dependiendo de las emociones, los tiempos y las circunstancias —entonces la mayor se las dudas lo atacó, quería saber que instintos lo llamaban ahora mismo, en que pensaba, que ideas se arraigaban constantemente en su mente tan misteriosa e inalcanzable — ¿Qué hay en tu cabeza ahora mismo?, ¿Cuál es tu deseo más grande?
Entonces sucedió algo que no esperaba, era algo que había esperado tanto e insistido en obtenerlo, que incluso sus esperanzas habían desistido, por eso mismo lo tomó por sorpresa.
—Libertad —fue lo único que dijo, y aquella palabra fue suficiente para sacarlo de su estado tranquilo y llevarlo a uno de estupor. Sabía que podía hablar, lo había hecho antes durante los estudios a los que fue sometido, pero nunca se había dignado a dirigirle la palabra ni una sola vez en todo este tiempo que había sido su guardia de celda.
—Libertad —repitió Pierasola algo emocionado — Es un estado que los humanos buscamos constantemente, siempre queremos ser más libres, más independientes. Ese es un instinto que nunca pudimos deshacernos. Queremos ser quienes pongamos nuestras propias reglas, caminando sobre un libre albedrío absoluto. Pero eso nos lleva de vuelta a ser humanos, a abstenernos a nosotros mismos, porque donde comienzan los derechos de otros es donde nuestra libertad se acaba.
Pierasola ya no tenía nada más que decir y la verdad era una lástima, porque no creía que obtendría otra oportunidad como esta donde recibiría una respuesta de La Bestia. Pero tenía que marcharse, no era solo su guardia, y tenía trabajo que hacer.
La Bestia miró a Pierasola perderse por el pasillo y cuando ya no pudo ver su silueta, buscó del interior de su manga la cuchara de plástico que había escondido en un descuido de su guardia. Primero la observó de cerca, comprobando su dureza y resistencia. Siempre le traían las comidas con cubiertos de plástico, era una manera de prevenir que pudieran convertirse en armas en sus manos. Primero palpó la cabeza cóncava y supo que era muy débil y se rompería con facilidad pero para su suerte el mango era más grueso y parecía más resistente. Entonces evocó la imagen de la llave a su mente. Y comenzó a tallar el extremo de la cuchara contra la pata de la cama, que tenía una arista bastante pronunciada.
La tarea le llevó muchos meses. Debía cincelar la cuchara muy lentamente, si lo hacía muy rápido o con mucha fuerza, el sonido producido, podría llamar la atención de Pierasola.
Cada vez que venían a traerle su almuerzo le echaba otra mirada a la llave e iba guardando la forma y cantidad de dientes en su cabeza, para posteriormente ir tallando el recuerdo en la cuchara de plástico.
Cada vez que era la hora de comer, sabía que vendría otra tanda de argumentos que pretendían ser elocuentes y con aroma a filosofía, que si bien le era algo fastidioso por lo pretencioso y fanfarrón que resultaban sus argumentos, a veces en cuando Pierasola decía algunas verdades. Como su deseo de libertad, y su decisión de no reprimir aquellos impulsos, sabía bien lo que hacía y disfrutaba sentirse malvado, era un deleite y placer que las acciones samaritanas no le podían regalar. Tal vez estaba loco por pensar así, por ser el villano concienzudamente y disfrutar de sus malas acciones. Y es cierto que permanecía en silencio a propósito, lo hacía para confundir a sus doctores, ¿Realmente creían en la existencia de la maldad?, porque siempre querían justificar alguna acción descarada o fuera de lo común con alguna enfermedad mental. ¿Él era diferente por no sentirse de aquella forma?, o ¿Todos eran iguales y pretendían estar locos para suavizar sus condenas? Y algo le decía que Pierasola lo entendía a pesar de ser un simple guardia, ya que no creía en el diagnóstico de los psiquiatras, él lo veía como alguien que fingía, y no se equivoca, deseaba salir de aquella prisión para continuar con su insaciable vicio de ir contra la corriente.
Una noche, cuando todo estaba en silencio, subió la manga de su suéter. Había estado escondiendo la llave allí. No en la manga, porque cada vez que le lavaran la ropa la encontrarían, sino que había afilado la parte honda de la cuchara hasta convertirla en una pequeña cuchilla, y con ella había cortado la piel de su codo interior quince centímetros de manera ascendente. Había sido muy cuidadoso de no herirse las venas, ni que el corte fuera muy profundo. Y en aquella pequeña hendidura de piel, había escondido la cuchara. No lo había hecho en un pie, porque sería difícil de ocultar una cojera y a la hora de escapar prefería tener los dos pies sanos en vez de las manos.
Entonces uso las uñas para abrirse la herida, la cual tenía una cicatrización reciente, y tomando la cuchara de su interior, mientras se mordía los labios pretendiendo ahogar el quejido de dolor.
Esperó varios segundos para recomponerse y luego infiltró la llave de plástico en la herradura. Antes de girarla hizo una oración silenciosa, deseando que funcionara, ya que los intentos anteriores habían fracasado y le habían llevado a alargar su tarea de frotar la cuchara contra la pata de su cama. Era una tarea tediosa y desesperante.
Al final se decidió, no podía darse el lujo de perder ni un momento más, tenía los segundos contados. Giró la llave y la cerradura hizo un clic. Sonrió satisfecho consigo mismo y se preguntó, ¿Acaso era acertado que lo llamarán La Bestia?, un animal nunca sería capaz de escapar de su jaula.