lunes, 4 de diciembre de 2017

Era una casa


                Era una casa de luz. Sonaba una fiesta alegre, y la sala era más pequeña que las personas que podía contener, pero igual rebosaba de visitantes. La calefacción calentaba los corazones, y las luces y lámparas iluminaban la alegría del hogar.
                Ella estaba sentada en la cabeza de la mesa, con una sonrisa radiante y los ojos vivos. Todos la rodeaban de risas y afectos. Una música de risas y voces alegres llenaban la casa. Los niños correteaban, las mujeres regalaban sonrisas de cordialidad, mientras que los hombres se congregaban a su alrededor con actitud jovial.
                Yo estaba en la esquiva, con las niñas de mi misma edad, miraba todo desde la distancia, feliz también, porque el ambiente alegre era contagioso.      
                Pero luego llegó él, cuando sus pies pasaron el umbral todos se callaron, la música alegre se detuvo, y un silencio frío le siguió. Todas las miradas ya no estaban puestas en ella, sino ahora estaban puestas en él, pero los ojos no transmitían el mismo sentimiento. A ella la miraban con cariño, a él con despreció.
                Cuando él se sentó en la cabeza opuesta de la mesa, la calefacción se descompuso de inmediato. Ya no era un hogar cálido. Su mirada de frío apagaba la sonrisa de los visitantes, sólo había una persona que todavía sonreía, y era ella.    
                La primera persona en abandonar la casa fue un niño, luego de que la primera luz estallara, dejando ese rincón en oscuridad. A medida que las lámparas se apagaban, o estallaban en una lluvia de cristales, más personas salían por la puerta. Hasta que llegó un momento que éramos pocos en esa casa, tantos faltábamos, que ya se hacía sentir la ausencia de la calefacción, porque no había suficientes cuerpos para calentarse entre sí, aunque fuera un espacio reducido.   
                Cuando la última luz se acalló, y toda la casa quedó a completa oscuridad, solo quedaba un visitante, y esa era yo. Me acerqué a la mesa, y la miré a ella. Su cuerpo se había tintado en rosetas moradas, y su rostro joven aun, lucía una piel plegada y vieja. Lo único que no había cambiado en ella era esa sonrisa, que seguía en el mismo lugar, parecía dar batalla, oponiéndose a caer. Entonces supe que ella era fuerte. Mis ojos miraron al otro extremo, él seguía igual, con unos ojos fríos, y una sonrisa oscura. Sólo mirarlo generaba la necesidad en mí de alejarme. Pero antes de salir tomé la mano de ella.
                — Vámonos juntas— le dije.
                Ella primero lo miró a él, y eso fue suficiente para soltar mi mano. Resignada, salí de aquella casa sola.  
                Al siguiente día pasé por aquella casa, pero no entré, solo miré por la ventana.
                Muchos visitantes miraban desde afuera, al igual que yo, otros visitantes, después de traspasar la puerta de la casa, se alejaron por la calle, se olvidaron de la casa y nunca más pegaron la vuelta.  
                Miré por la ventana, y lo que vi era distinto a lo que conocía.   
                Era una casa de sombras. Desde el exterior sentí el frío que emanaba desde dentro, desde su corazón. Estaba en completa oscuridad, y sólo era habitada por dos personas. Ella sentada en un extremo de la mesa, y él en el otro. En completa sombras, frío y soledad.   
                Al tercer día me decidí a volver por ella, me negaba a dejarla un solo día más en aquella fría oscuridad, pero cuando entré por segunda vez a aquella casa, las cosas ya no eran como antes. Él estaba sentado en su extremo de la mesa, y donde se suponía que debía estar ella, solo había una laguna escarlata.     

                

domingo, 3 de diciembre de 2017

Nuevo proyecto en wattpad

FLASHBACK
de Cynthia Soriano


SINOPSIS
¿Cómo fue para ti la primera vez que nos conocimos?, ¿Qué sentiste en ese segundo que intercambiamos nuestras miradas?, y ¿La primera vez que tomaste mi mano?
            ¿Cuándo fue que caí rendida a tus pies?
            Estoy enrollada en un grave dilema, estoy enamorada de mi mejor amigo, pero él parece no notarlo, mi cabeza da vueltas como loca, ¿Qué debo hacer?, ¿Continuar con mi vida?, o ¿Hacer que se entere de mi amor?  
            Todo comienza a los seis años, cuando lo conocí, y desde entonces nunca nos separamos, somos los mejores amigos, pero ¿Él también querrá traspasar la barrera de la frienzone tanto como yo?    


sábado, 25 de noviembre de 2017

GENS, Misión: Conquista a Marte de Cynthia Soriano


SINOPSIS

Anastasia y sus hermanos se embarcan en una misión: Conquista a Marte.

Una nave llevará a la primera generación de híbridos marcianos hacia el espacio, rumbo a Marte. Antes de llegar a un planeta nuevo, a bordo surgen contrariedades que dificultaran a la nave y a la generación de híbridos, nombrados como Gens.

Anastasia accidentalmente queda en medio de aquellos problemas, y tendrá que decidir entre lo que ella debe hacer y lo que ella en verdad quiere hacer. ¿Podrá completar la misión superando todos los obstáculos?

miércoles, 25 de octubre de 2017

Cotard


                Ya estoy muerto. Mi cuerpo murió, pero mi alma se resiste a abandonarlo. Puedo sentir los gusanos caminando por debajo de mi piel, y el olor nefasto que desprende mi carne, nauseabundo. No siento nada, ni dolor, ni al fuego quemante ni al frío desgarrador. Los nervios y las sensaciones murieron con el resto de mi cuerpo. No sé cuánto tiempo permaneceré despierto, cuando será el tiempo que mi espíritu decida vaciar aquel templo de carne putrefacta.  
                — ¿Cómo te fue esta semana, Cotard? — esa era la voz del doctor Monza, era un hombre algo avejentado, pero que conservaba una expresión juvenil en el rostro. Lo había conocido gracias a Rosenda, quien me había recomendado encontrarme con él. Me había convencido que era bueno que un doctor viera mi caso, tal vez gracias a las ciencias médicas podría encontrar una solución para mi extraño y singular caso, y por fin descansar en paz, que era lo que más deseaba, porque ahora mismo me sentía como un alma en pena, sin poder vivir ni morir.              
                — La comida no tiene ningún sabor, y me es imposible digerirla, la devuelvo  continuamente.
                Monza me escuchaba atentamente mientras no perdía tiempo en apuntar todos los datos de importancia, es importante recabar todos los síntomas, toda la información es significativa para poder llegar a una solución, eso era lo que me repetía el doctor todas las veces que nos veíamos. El doctor no perdía las esperanzas de curarme, de devolverle la vida a mi cuerpo, pero debo confesar que mis esperanzas no estaban tan vivas como las de él, resignarme parecía ser la solución más próxima a mis problemas, ya que dudaba que la medicina trajera de vuelta a la vida a este cuerpo maldito, ¿Tal vez tendría que incursionar en el ocultismo?, tal vez lo que me estaba sucediendo no tenía una explicación científica, pero sí una sobrenatural.
                — ¡Cotard!...  — su llamado me volvió a la realidad, me había perdido en mis pensamientos, era algo que últimamente no podía controlar, era como si no pudiera concentrarme en lo que sucedía a mi alrededor, ¿Acaso mi cerebro también estaba colapsando?
                — ¿Decía doctor?
                — Procederemos con la revisión de rutina.       
                Asentí en afirmación, ya sabía lo que venía a continuación, siempre era lo mismo, comprobaríamos que todavía seguía muerto, y que mi situación, como todas las veces anteriores, había empeorado. Siguiendo las órdenes del doctor me saqué la camisa, dejando mi torso desnudo. El doctor Monza apoyó el estetoscopio en mi pecho, escuchó unos segundos y luego hizo lo mismo en mi espalda. A pesar que sabía que tenía que sentir el frío del aparato y, al tocar mi piel, pegar un saltito de la impresión, como hacía cuando todavía permanecía con vida, ahora mismo no podía hacerlo, el férreo metal al tocarme no generaba ninguna respuesta en mí, y de cierta forma eso me deprimía. Luego de que el doctor terminara de intentar escuchar mi pulso anotó donde antes, nuevos datos recogidos. No tuve que preguntarle que había anotado porque ya lo sabía, coloqué la palma de mi mano sobre mi lado izquierdo del pecho, y como sospechaba, me quedé varios segundos esperando, pero nunca percibí ningún ritmo debajo de mi piel, aquella melodía de percusiones, canción de vida, estaba acallada, ya no sonaba. Retiré mi mano de mi pecho lentamente, sintiendo aquel sentimiento triste que habitaba en mí. Quería vivir o morir, ya no quería permanecer en este estado intermedio, quería guardar esperanzas de encontrar una solución pero cada día que nacía era como una pequeña gota de esperanza derramada, el vaso se estaba vaciando, y cuando la última gota sea desparramada tenía miedo de lo que sucedería conmigo, ¿Acaso permanecería en este estado para siempre?      
                Volví a colocarme la camisa, y al hacerlo me olí el antebrazo, se había vuelto una costumbre últimamente, era una manera de recordarme a mí mismo lo que era. Y allí estaba, ese hedor nauseabundo, a muerto putrefacto que expedía de los poros de mi piel pálida, sin color ni sangre. Exhalé el aire, en un suspiro resentido. Seguía respirando por costumbre, aunque ya no necesitara hacerlo.  
                Una percusión se escuchó sobre la madera de la puerta, Monza atendió a quien llamaba, y para mi sorpresa era Rosenda.
— ¿Ya terminaron? — preguntó ingresando al consultorio con familiaridad.
— Casi, solo me falta extraer sangre y hacerle unas últimas preguntas.
— Doctor, ¿Usted cree que pueda curarse?
— En esta vida todo tiene una explicación, un porqué, solo hace falta responder esa pregunta y las soluciones vendrán a continuación.  
La mujer sonrió encantada, y pude apreciar como la confianza resaltaba en sus ojos.
A continuación extendí mi brazo y vi como Monza hundía una aguja en mi piel, aparté la vista, más por costumbre que por miedo. Cuando retiró la jeringa giré mis ojos buscando la muestra de sangre entre las manos del doctor. La jeringa que sostenía estaba vacía, por supuesto, ¿Qué sangre espera sacarle a un muerto viviente?   
Luego siguió un breve dialogo de intercambio de preguntas y respuestas:
— ¿Has tomado las pastillas que te receté? — me preguntó.
— Sí.
— ¿Has notado algún cambio? 
— No, sigo teniendo ese olor a podrido, y cada vez es más fuerte. Ya no siento dolor ni ninguna otra sensación, no tengo sangre ni nervios. Doctor, sigo muerto.
— Ya veo — dijo solamente en respuesta, luego estuvo enfrascado varios minutos escribiendo en lo que parecía ser una receta de medicamentos. Cuando ya parecía terminada se la entregó a Rosenda — Que tome estos medicamentos, dos veces al día. El martes puedes venir a retirar los resultados de sangre y el miércoles tiene turno para una tomografía computada del cerebro.
— Y ¿Eso de que servirá doctor? — preguntó Rosenda.
— Es para comprobar si mi cerebro está muriendo, ¿Verdad? — le respondí seguro, ¿Por qué más podría ser?  
— Sí — me respondió y luego de permanecer un breve momento, casi imperceptible, en silencio, continuó respondiendo a la pregunta anterior — Sí, además buscamos la causa de su síndrome, puede tratarse de alguna contusión cerebral, lo que este causando los síntomas.
— ¿Incluso puede ser algún tumor? — preguntó Rosenda algo preocupada.
El doctor no le respondió de inmediato. No entendía bien lo que estaban hablando — Por eso mismo les di el turno para esta semana, quiero descartar esa posibilidad cuanto antes — respondió en cambio. 
¿Un tumor?, pensé, no me atreví a preguntarlo en voz alta, solo fui capaz de lograr un gesto confundido, el cual el doctor ignoró descaradamente. Además ¿Por qué tendría análisis de sangre de una sangre que nunca pudo extraer?, mis ojos curiosos buscaron en su escritorio el lugar donde había dejado la jeringa usada, la cual sacó vacía luego de insertarse en mi piel, la volví a ver, estaba vacía tal y como esperaba, pero por un momento una imagen de la misma jeringa rellena de sangre oscura se interpuso durante una milésima de segundo, fue una imagen que si no hubiera estado concentrado seguro no hubiera percibido.      


miércoles, 4 de octubre de 2017

El Faro



           
                El automóvil se detuvo frente a una pendiente de arena. Los zapatos de cuero, lustrados hasta el brillo, chocaron con las piedras del camino, las cuales rodaron como asustadizas al impacto del cuero azabache. El investigador se sostuvo con una mano el sombrero para que no escapara con el viento, le dio una ojeada al comisario que bajaba del auto su maleta. El comisario caminó hasta igualarlo, y en silencio ambos subieron hasta la cima, donde encontraron un enorme monolito de colores blancos y rojos intercalados. Era un faro muerto, sin luz, porque no había farero que tuviera el menester de prender el farol guía.        
                El investigador y el comisario ingresaron al faro sin ninguna dificultad presentada, ya que la puerta estaba abierta, como si alguien hubiera entrado, saqueado y vuelto a salir, olvidando cerrar la puerta a su paso. Una sensación fría recorrió el cuerpo del detective al adentrarse en la primera sala, no supo porque, ni identificar que era. Dio una mirada por todo el faro, y la situación era tal cual como le habían informado, el farolero había desaparecido, había dejado todas sus pertenencias y se había esfumado como si nunca hubiera existido. Estaba su ropa, sus libros, sus discos, incluso un café, ya frío y sin terminar, sobre la mesa.    
                El detective se acercó al librero por algo que le llamó la atención. Los libros estaban cubiertos por una pequeña película de polvo. Recorrió las líneas, repasando libro por libro, hasta llegar a uno que interrumpía la capa polvorienta. El lomo de un libro celeste tenía marcado dedos sobre su perfil, removiendo manchas de polvos de su superficie, dando a entender que ese libro había sido retirado del estante recientemente. Se dejó llevar por su curiosidad, aquella propia de su oficio, y con el dedo anular empujó el libro fuera del estante. Ya en sus manos ojeó el título: “El Hombre Invisible” de H. G. Wells. Cuando abrió el libro, una nota se escapó de su interior, y al momento de tocar el suelo, lo levantó de un movimiento veloz, lo leyó en un segundo y lo guardó en su bolsillo cuando sintió los pasos del comisario acercándose a su espalda.          
                — ¿Encontró alguna pista?
                — No, no encontré nada — dijo volviendo a poner “El Hombre Invisible” de vuelta en su lugar.  
— Muy bien — dijo el comisario — Si no hay nada aquí, lo mejor será que volvamos a la comisaria para seguir investigando.
— Yo me quedaré.  
El comisario miró al investigador fijamente, como si intentara descifrar un secreto en él.
— Como quieras — le restó importancia a su decisión. El policía caminó hacia la salida, y antes de irse volvió a hablar — ¿Cuántos días necesitas?, ¿Dos, tres?
Lo pensó y luego respondió — Tres.
— Bueno entonces en tres días vendré a buscarte.
El comisario se fue sin decir nada más, ya que entendía la decisión del detective, quería quedarse en el faro porque creía que de esa forma resolvería el caso. Y ¿Porqué tres días?, la respuesta era simple, el farolero era nuevo, remplazaba a un anciano que había vivido allí toda su vida. Solo vivió tres días en ese faro y luego desapareció sin dejar rastro alguno, o eso era lo que pensaba el comisario.  
Cuando el detective ya estuvo solo en el faro, volvió a sacar la nota del interior del bolsillo, se sentía algo culpable por ocultar esa información del comisario, era como si estuviera entorpeciendo la investigación, pero tenía una corazonada, un sentimiento extraño y algo frío que le decía que debía mantener ese hallazgo en secreto.   
“Es mi primer noche en el faro y no puedo dormir. Hay algo afuera merodeando, no se deja ver pero puedo sentir su presencia fría vigilándome” eso era lo único que decía la nota, más una firma que correspondía al hombre desaparecido. En lo primero que el detective pensó era que alguien andaba acosando al farolero. Como si lo vigilara tramando un plan antes de ir por él. O esa impresión le dio la nota. ¿Qué había sucedió con el farolero?, esa persona que lo molestaba lo habría secuestrado, esa era la opción más lógica, o en un caso extremo pudo haberlo matado y escondido su cuerpo, o tirado su cadáver al mar.           
Se preparó para pasar la noche, cenó unas frutas que había en la cocina, no se preocupó por pasar hambre, ya que la despensa estaba repleta de conservas y comida embasada. Eso era un dato importante, el presunto asesino o secuestrador no tenía ningún interés en algo material, todas las pertenencias de valor todavía estaban en la casa, dinero, joyas, incluso la caja fuerte permanecía impoluta, entonces ¿Qué era lo que buscaba?  
El día se ocultó dando lugar a la noche, la cual inundó con sus brazos oscuros todo el cielo y el mar.  Se encontraba reposando en el sillón, mirando hacia la noche por la ventana, estaba completamente solo, por un lado tenía el mar y por el otro arena. El pueblo más cercano se encontraba a quince quilómetros. Y al volver a mirar hacia el mar fue cuando comprendió lo que verdaderamente era la soledad, se imaginó al farolero viviendo en esta quietud, siguiendo una rutina, no escuchar signo de vida mas que de su propia respiración. Por un momento se sintió melancólico, pero luego se recordó que él no era un farolero, y que terminado el caso volvería a su ruidosa vida en la ciudad. Un movimiento fuera de la ventana lo alertó obligándolo a romper con el hilo de pensamientos que estaba dilucidando hasta el momento. Se levantó de donde estaba sentado y se acercó a la ventana, no veía nada, paseó los ojos por el mar, todo estaba calmo e inmóvil. Caminó a la siguiente ventana, la cual daba a un pequeño bosque de árboles desojados. Todo estaba igual de tranquilo, cuando su corazón se apaciguó al comprobar que no había nada, el movimiento volvió a sentirse, pero esta vez acompañado de un frío helado que le recorrió toda la espalda. Tembló su cuerpo a causa de un escalofrió y sus ojos vieron como las largas ramas de los árboles se movían furiosas a contraviento como si fueran violentamente empujadas, por una entidad que no estaba allí. Entonces se le vino a la mente el título de la obra donde había encontrado la nota: “El Hombre Invisible”, y parecía que a eso mismo se estaba enfrentando.
Giró su cuerpo siguiendo los movimientos de las ramas, los cuales se dirigían hacia la puerta, sintió como la respiración se atoraba en su boca cuando algo rasguñaba la madera de la puerta del otro lado, incluso giró el picaporte una vez, pero sin lograr abrir la puerta. Aquella cosa sin cuerpo se volvió a mover, se escuchaba el crujir de las hojas y de las ramas al romperse a su paso, como la tierra se levantaba y las rocas golpeaban la pared. El detective estuvo toda la noche en vela, no pudo cerrar ni un ojo, aquella presencia transparente se paseó alrededor del faro durante toda la noche, molestando de manera aterradora, y sólo se detuvo con la llegada del sol.              
El investigador estaba sentado en el sillón, con el cuerpo tenso, sin poder dejar de temblar. Sostenía un  arma en la mano, pero en ese momento se preguntó si realmente una bala tendría alguna efectividad contra un cuerpo sin masa. Intentaba convencerse a sí mismo que la noche había ocultado el cuerpo del intruso, que no había sido más que un juego de percepción, a pesar de su buena vista. Intentaba encontrar la lógica a todo esto, era imposible que se tratara de un hombre invisible, como lo decía el título de la novela donde había encontrado la nota. Estaban jugando con su mente, estaba seguro. Luchando con estos pensamientos todo el día, devino la noche nuevamente, más oscura que la anterior, más fría.   
Esperó sentado en el mismo lugar, pero pasaban los minutos, que se convertían en horas, y todavía el intruso no aparecía. Se levantó de su asiento y buscó por la sala nuevas pistas, tal vez faltaba algo por descubrir, por eso mismo la entidad no volvía a aparecer. Era una teoría totalmente ilógica, pero después de lo sucedido el día anterior, hasta lo más descabellado perdía cualquier carácter increíble, volviéndolo un díscolo de la realidad y todo lo racional.  Miró las paredes y sus decorados: una maseta con un helecho cerca a morir, algunos cuadros, uno en especial y bastante hermoso se hallaba sobre una enoteca de madera de roble. Siguió con su búsqueda hasta posar los ojos en un gramófono, con un disco vinilo todavía en el plato giratorio. ¿Qué es lo último que escuchó el farolero antes de morir?, esa duda invadió su mente de inmediato, lo que lo llevó a accionar aquel aparatejo. Movió el brazo con la púa y escuchó la melodía reconociéndola al instante: “La Sinfonía n.º 2” de Ludwig van Beethoven. Movió su cabeza levemente saboreando la concordancia perfecta entre los instrumentos. Manteniendo el nombre en la mente se acercó a la pila de discos que descansaban al lado del tocadiscos. Pasó uno por uno hasta llegar a la carpeta del vinilo que ahora mismo estaba sonando de fondo. Rebuscó en el interior, y no estaba vacío como suponía, sino que encontró una segunda nota.           
“La música lo mantiene alejado, pero a su término, con la venida del silencio, el hombre invisible vuelve más fuerte, con frío convertido en azufre”, miró la nota y sus dedos temblaron ligeramente, ¿Qué se volvería más fuerte?, y ¿Qué quería decir con azufre?, cuando volvió a la realidad, se dio cuenta que la música se había detenido y fue en ese momento que su corazón palpitó con violencia. Podía sentir como una capa de sudor se formaba sobre su piel y sus falanges temblaban sin detenerse. De repente sintió esa sensación helante que había sentido la noche anterior, pero esta vez era más fuerte, parecido a un frío invernal infiltrándose por sus huesos. Miró por la ventana al escuchar ruido por fuera, los árboles se movían con violencia, y sus ojos no encontraban el mar por ningún lado, era como si se hubiera evaporado por completo. Al frío se le unió un hedor caliente, a fuego, a azufre infernal.
Su mirada encontró aquel intruso, pero esta vez no venía solo, podía ver que por donde pasara aquel fantasma sin cuerpo, a su paso dejaba una estela de fuego, incendiando los árboles y cambiando la arena por lava encendida, roja calcina. Fuera por la ventana que mirara, solo veía fuego mezclarse con humo naciente, el cual empezó a crecer y a infiltrarse en el faro, por las ventanas, las rendijas y el espacio del umbral de la puerta. La vista le quemaba, ya que la habitación entera se había oscurecido a causa del humo, remplazando el oxigeno por aquel nubarrón de cenizas. Era como respirar fragmentos de fuego y chispas, lo sentía ingresar por sus fosas y quemarle el interior del rostro, la garganta y los pulmones, hasta que un momento respirar se volvió imposible. De a poco su conciencia se fue apagando, hasta quedar totalmente dormido.   
Cuando despertó podía respirar y ver con libre perfección. Corrió a las ventanas y no vio ningún vestigio de haber sido atacado por un incendio, los árboles estaban intactos, al igual que el océano seguía ahí. ¿Había sido todo un sueño?, no podía dejar de temblar, nunca había vivido algo parecido. Descartaba la música de inmediato, si volvía a escuchar algo corría el peligro de que esa cosa volviera aún más fuerte que la última vez, y quería evitar eso.  
El detective pasó el resto del día con una batalla mental mientras intentaba controlar su cuerpo de sufrir un colapso nervioso. Esta noche había sido mucho más espeluznante que la anterior. Apenas pudo comer unas galletas insípidas, le era imposible tragar cualquier cosa más pesada, ya que sentía que los nervios de su estómago no lo resistirían.         
La tercera noche se hizo presente, primero lo invadió un silencio irreal, era como si no existiera y se encontrara en medio de un vacio desprovisto de toda inercia. En las primeras horas no pasó nada, mas que la presencia de aquel sentimiento frío y de vacío que lo acompañaba. Caminó por la habitación sintiendo como si sus pies anduvieran por el aire, mientras sostenía en su mano una copa de vino tinto. Intentó distraer su mente para no sentirse más aterrorizado, buscó algo con que entretenerse y fue, en esa búsqueda, que se percató de algo que antes no le había dado importancia. Aquel cuadro que había contemplado antes, que bien conocía de aquel famoso pintor renacentista. Su original era un mural y ahora podía ver una copia más pequeña delante de sus ojos, y era hermosa. Reconocía a las trece personalidades retratadas alrededor de una mesa. Obra famosísima, considerada por muchos, la mejor del mundo. En esa contemplación se dio cuenta que el recuadro de polvo sobre la pared no coincidía con el marco de la pintura, esa era una señal que el cuadro había sido removido en los últimos días, así que con cuidado descolgó el cuadro, mientras hacía equilibrio con la copa de vino en su otra mano. Lo giró para sorprenderse al ver una tercera nota enganchada en el dorso de la pintura, la tomó con cuidado y volvió el cuadro a su lugar. Desdobló la hoja de papel con extrema lentitud, como si de esa manera pudiera posponer su lectura, pero no pudo retrasarlo más que unos segundos, ya que de igual manera tuvo que leerlo.       
“Es la última noche, estoy seguro. El hombre invisible volvió, y esta vez viene por mí. No importa lo que haga, no hay escapatoria, no hay salvación”, leyó en silencio, mientras podía sentir como el terror y el pánico se apoderaba de su persona. Ante la sensación de angustia la copa de vino se resbaló de sus dedos, manchando la moqueta de madera con su jugo tinto. Corrió sin detenerse, con la respiración acortada, en dirección a la puerta, pero no llegó a acercarse a ella, porque esta misma se abrió por sí sola en un fuerte movimiento de violencia, descargando sobre la sala una tormenta de frío lúgubre y fuego azufrero. Una presencia invisible, pero no por eso sin fuerza se sintió en toda la sala, y atacó su cuerpo con un impulso de violencia. Todo en el dolía, seguir viviendo era insoportable, su cuerpo por momentos se convulsionaba a causa del terror, seguido por millares de espasmos dolorosos e incontrolables que aquejaban todo lo que era en él. Entonces sintió como el azufre y el hielo lo destruían desde dentro hacía fuera.                    
Al día siguiente el comisario viajó en su automóvil tarareando una canción algo infantil durante todo el viaje. Estacionó frente al faro y bajó del carro paralizándose un segundo al sentir un frío parecido a la muerte, pero no le dio importancia, ya que creyó que podría ser alguna corriente proveniente del mar cercano. Caminó subiendo la montaña de arena y esquivando los árboles que se interponían en su camino hasta llegar al faro. El comisario se extrañó al encontrar la puerta abierta de par en par, pero no reparó mucho en eso, sino que decidió entrar sin detenerse mucho tiempo, ya que ansiaba volver a la ciudad.  
— ¡Detective!, vine a buscarlo, ¡Ya es el tercer día!, vine a buscarlo como prometí.
El comisario al no recibir respuesta alguna volvió a insistir — ¿Detective? — pero no obtuvo más que silencio. Revisó en todas las habitaciones, incluso caminó por la playa, pero no lo encontró por ningún lado. Sólo estaba el sombrero del detective sobre una silla, su saco colgado en el perchero junto a la habitación y una copa de vino tinto desparramada sobre el piso, debajo de una pintura. Se giró y buscó con sus ojos varias veces, pero el detective no estaba por ningún lado, había desaparecido.            

martes, 8 de agosto de 2017

Ella es árbol de vida

      


          Hay algo que se le escapa al hombre, algo intangible. Es tan sutil como fuerte. Se puede percibir pequeños fragmentos de aquel mundo metafísico, pequeños atisbos que se escapan a nuestro mundo mundano, que como error se dejan ver. Es el misterio más grande que despierta en el corazón del hombre. El desconocimiento es tan doloroso como la duda, lo que ha llevado al hombre a intentar incursionar por filosofías y magias que lo acercaran a la verdad, a descubrir un puente que conecte ambos mundos. El ascetismo se manifiesta de múltiples formas, pero ninguna parecía ser suficiente. Demógenes era un hombre que se había fascinado por el misticismo. Luego de la conquista sobre Roma, había sido llevado a París, allí luego de conocer a varios humanistas, se contagio de ellos. La duda, la curiosidad, el anhelo se habían clavado en su interior con fuerza y no lo dejaban en paz. Pero un mito era el que lo tenía fascinado, incluso era ladrón de su sueño por las noches.

          Fue un día, que creyó que había encontrado lo que buscaba, fue un simple rumor, la mención de una disciplina que no había escuchado hasta entonces. Muchos estudiaban la Cábala, la creían un puente, un medio para alcanzar la verdad, aquella intersección entre lo finito e infinito. Y Demógenes decidió comprobarlo por sí mismo. Uno de los rumores menos frecuentes fue el que lo impulsó a estudiar el Torá, y fue ese mismo que se empecinaba en comprobar. Pasó horas entera, días encerrado, sin despegar los ojos de aquellas escrituras hebraicas, miró, observó, estudió cada signo alfabético de aquellas hojas. Se había aprendido hasta aquel color ambarino y quebradizo de la textura de aquellos pergaminos, también como el aroma añejo y polvoriento que desprendía la superficie, se había estancado en su nariz.

          Cuando creyó que había descubierto el secreto, se levantó de la silla, apoyó las palmas huesudas sobre la madera de la mesa. Respiró hondo, y se mantuvo allí, inmóvil, unos minutos. Luego comenzó con los preparativos. Apartó todos los muebles de la sala, hasta dejarla completamente despejada y vacía. Cerró todas las ventanas, quedando en oscuridad completa. Prendió las velas, una por una, y las distribuyó por la habitación de manera uniforme. Buscó el crayón blanco, y arrodillado en el suelo, evocó a su memoria todo lo que había aprendido en estos días. Raspó la superficie del crayón sobre el suelo, dejando una centella blanca por donde lo pasaba. Lo retrató todo.

          Comenzó con la raíz, que al mismo tiempo es la cabeza, la corona, lo más elevado y lo primero, es Kéther, el Padre. Es el inicio, desde allí comienza el orden que dará lugar a que el rayo de la creación descienda al mundo.

          Luego ascendió, creando ramas, caminos, que se bifurcaban hasta llegar a los Instrumentos que tuvieron protagonismo en la obra de la creación. Una de ellas fue Jojmáh, la sabiduría con la que se fundó la tierra; Bináh la inteligencia capaz de afirmar los cielos y Dáat, la ciencia con que los abismos fueron divididos.

          Demógenes se detuvo un momento, enderezó las rodillas, volviéndose a poner en pie, mirando el progreso de su trabajo, lo estudió desde arriba, no podía cometer ningún error, el más pequeño error podía significar fracaso, y su obsesión en la materia no le dejaba tranquilo en pensar que todo este trabajo podía ser en vano, no llegar a funcionar. Le temía al fracaso. Se limpió el sudor que se arrastraba por su frente arrugada con el reverso de su manga. Y volvió al trabajo.

          Continuó con las siguientes Sephiróth, aquellas pertenencias del divino, propiedades, cosas que los humanos ven como objetivos, y buscan con menester, pero son volubles y temporales. Pero no nos pertenecen, son incumbencias sagradas. Las esferas se abrían para encerrar a Jésed, la magnificencia y Guevuráh, el poder, continuaba por Tiphéreth, conocida como gloria, luego estaba pintada la victoria, Nétzah en hebreo y el honor, Hod. Luego fue por aquellas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra que son Kol y Yesod. Y marcó Maljuth, la última de aquel grupo, el reino.

         Volvió a erguirse, se paró sobre el Árbol de la Vida, observó las Diez Sephiróth, las cuales las había distribuidas en tres columnas, la columna del Equilibrio, la columna del Rigor, y la columna de la Misericordia.

         Estaba terminado, y sintió como la satisfacción lo invadió. Su corazón se agitó, y por un momento pensó que se quedaba sin aire. La tensión era demasiada, y tenía ciertos efectos sobre su longevo cuerpo. Tardó unos minutos, pero volvió a recuperar la cordura. Pensó en lo que había hecho. La mayoría estudiaba la Cábala para alanzar la iluminación, llegar a Dios y unirse a él. Sentían la satisfacción en creerse más beatos, más santos. Pero él no era una persona como ellos, él no buscaba ver a la cara al creador, pensó que ya lo vería en el momento que llegara su hora de morir, y estaba seguro que no faltaba mucho, ya estaba muy viejo y sabía que su muerte se acercaba. Lo que Demógenes buscaba era un tanto diferente, había un rumor que se había extendido entre los eruditos que había estado frecuentando últimamente: “La Cábala no es solo un medio para llegar a Dios, también es un sistema de invocación”, eso había dicho el famoso poeta, y Demógenes le creyó, solo ahora debía comprobar si realmente era cierto, y algo, una corazonada algo lúgubre, le decía que lo era.

          Decidió no perder más tiempo, fue a buscar aquella cajita de madera de roble, que guardaba una espada corta en su interior, pero no era una espada cualquiera, Demógenes la había hecho bendecir por el arzobispo de París. La tomó con cuidado y hundió la hoja metálica en la carne de la palma de su mano. Una invocación requiere de una ofrenda, se dijo mientras aguantaba el dolor que le generaba al abrirse una herida voluntariamente. Un surcó de sangre comenzó a brotar de su palma, y la encausó por los senderos del árbol, comenzó en el Aleph, y fue recorriendo los caminos hasta llegar a Tav. Mientras hacía el recorrido, no se quedó en silencio, comenzó a recitar:

          — "Bendito seas Tú, oh YHVH, Dios de Israel nuestro Padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh YHVH, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh YHVH, es el reino, y Tú eres excelso sobre todos.” — cuando llegó a al decimoprimer sendero, Kaph, se detuvo por menos de un segundo y reinició su recitación, cambiando a un proverbio— "Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, Y sus frutos más que el oro fino…”

          No pudo terminar de recitar, porque cuando la última gota que escapó de su herida llegó a Tav, el último sendero, sintió un fuerte estruendo que sacudió el suelo y las paredes, un segundo después una sensación quemante lo azotó con fuerza, sintió como fuego subía por su espalda y se colaba por su espina dorsal hasta llegar a su cerebro. Su visión desapareció, por un momento olvidó donde estaba, no sentía nada, era como si no tuviera cuerpo y fuera solo alma y espíritu. Unos segundos después su visión volvió, pero ya no estaba en su casa, estaba parado sobre la nada, todo a su alrededor estaba vacío, solo había luz brillante. Caminó sobre la nada, se fue acercando, paso a paso, hasta que divisó a lo lejos tres montañas, de picos altos y piedras brillosas, y delante de ellas se hallaba una enorme puerta dorada, de oro reluciente. Escuchó una voz barítona, tranquilizadora y potente que le dijo:

         — “Ella es árbol de vida a los que de ella echan mano, y bienaventurados son los que la retienen.”

         Luego de esas palabras la puerta de dos hojas se abrió lentamente, mostrando un interior luminoso. Era la presencia de Dios, lo sabía. La curiosidad por un momento lo hizo avanzar hacia la puerta, pero se recordó que ese no era su objetivo, todavía no quería conocer al creador.

         —Y la retengo, por eso toma de ofrenda mi sangre, mi sacrificio, y a cambio has propicio de la invocación, del intercambio — le respondió a la voz, manteniéndose recto, sin mostrar una pizca de miedo ni sumisión.

         Un fuerte viento comenzó terminadas sus palabras, tuvo que entrecerrar los ojos, pero no los apartó de la puerta que estaba frente a él, la cual comenzó a cerrarse, guardando en su interior aquella presencia que nadie debe ver en vida. El fuego volvió, pero esta vez de una manera violenta, apresó su corazón con garras encendidas y quemó su cerebro como si con lava se tratase. Sentía dolor desgarrador, intentó gritar, pero su boca no quería proferir sonido alguno.

          Se vio de vuelta en su casa, en su sala, frente al árbol de crayón que había dibujado en el suelo, pero no estaba solo en su casa. Un joven hermoso estaba parado frente a él. La habitación, antes inmersa en oscuridad, a excepción de unas pocas velas, ahora estaba iluminada, la presencia de aquel joven, la llenaba por completa, su luz penetraba cada rincón de la sala, como si fuera de día. Demógenes observó al joven al rostro, el cual tenía facciones hermosas, casi andróginas. Entonces lo supo, la invocación había funcionado. Tenía un ángel ante él. Su corazón se encendió con entusiasmo de solo pensar en lo que había hecho y de todo lo que sería capaz a partir de ahora.

          — ¿Cuál es su nombre? — le preguntó el anciano, intentó ponerse de pie, pero la presencia de aquel joven parecía mantenerlo reducido, inmóvil en el suelo.

          —Soy potestad Sensiner, una de las custodias de las fronteras, mi tarea es vigilar los márgenes del mundo espiritual con el mundo físico. Y se ha roto el equilibrio, usted no pertenece al otro mundo, ni yo a este — el ángel rebuscó dentro de su túnica, y sacó de su interior una espada larga, que parecía brillar de manera preeminente, la sostuvo de su empuñadora plateada, mientras apuntaba el filo metálico hacía el anciano.

         — ¡¿Qué piensas hacer?! — preguntó Demógenes al ver como Sensiner empuñaba la espada frente a él. Se arrastró hacia atrás, pero escapar era imposible, su cuerpo se sentía débil y cansado, apenas se pudo separar unos centímetros de aquella aparición.

          — Mi deber es mantener custodia sobre las fronteras espirituales. Debo eliminar la amenaza y volver los mundos a su habitual equilibrio.

          — ¿Yo soy la amenaza? — la pregunta de Demógenes no fue contestada, porque su respuesta era obvia, él era el peligro, él era el que había roto las fronteras y traspasado a lugares desconocidos que no pertenecen a este mundo.

         Senciner blandió la espada con fuerza, el anciano intentó huir de nuevo, pero fue inútil, antes de que pudiera arrastrarse un centímetro más allá, la espada del ángel le atravesó el pecho. Senciner se quedó junto al cuerpo hasta que este expiró su último aliento, y estando así seguro que Demógenes estaba muerto, su presencia se esfumó de la sala, volviendo al plano espiritual, a donde pertenecía.




















miércoles, 7 de junio de 2017

Último relato escrito con la pluma de sangre



Las palabras tienen fuerza, tienen vida. Son tan misteriosas como el océano y tan profundas como el infinito. Nunca sabes hasta donde llegarán y las consecuencias de escribir una. Son como un arma de fuego, que al disparar pueden herir, pueden matar.
¿Quién dijo que las palabras no  son peligrosas?, si alguien lo pensó no sabe nada, es un pequeño incrédulo, un suertudo que no tiene idea de lo que habla.
Soy Rebeca Aja, soy una de aquellas, incrédula, ignorante. Que despilfarraba letras por doquier, escribía insistentemente, como un ciego terco, sin tener presente el enorme peso que llevaba mi pluma.
Mi musa tenía carne y piel, la hallaba a mí alrededor, miraba por la ventana, y lo que veía se convertía en inspiración. Mi musa era cambiante y mudaba constantemente. Un día se encontraba sobre un ave, y al otro sobre un anciano que solía pasar caminando todas las mañanas sobre la vereda de mi casa. Mis musas se agotaban y las reemplazaban nuevas. Cualquiera podía ser mi fuente de inspiración, y no tenía vergüenza de observar por aquella ventana, o de salir a deambular en busca de un nuevo soplo de estímulo.
Pero nunca fui consciente de la fuerza que arraigaban las palabras, gustaba de escribir todas las noches, creía que recrear un ambiente antaño y rústico me ayudaría a exprimir lo mejor de mí misma. Relataba sobre hojas algo ya amarillentas, a la luz de una lámpara, solía mojar la pluma en el tintero repetidas veces, mientras suspiraba intentando evocar a mi imaginación. Así pasaba varias noches hasta acabar con un cuento o una novela. Nunca había pedido la opinión de nadie, pero estaba segura que mis obras eran confeccionadas a la perfección, haciendo uso de buena gramática y valor estético. Solía leer y releer mis obras una y otra vez, mientras me embargaba un sonrojo acalorado, ¡Yo había escrito eso!, y sentirme tan orgullosa resultaba vergonzoso. Las cosas fluyeron bien por un tiempo, pero el ave que había sido plasmada en mi poesía, ya no venía a cantar a mi ventana, y el anciano que solía pasear por la vereda, no volvió nunca más por aquí. Una sensación extraña muy parecida al horror me embargo. Hice caso omiso a aquella sensación que tenía aires de señal, y predispuse mis dones en un nuevo relato, que esta vez tendría sensaciones pueriles y un matiz algo infantil. 
Era de mañana cuando la musa que me frecuentaba se presentó ante mí. Era un canino de pelaje blanquecino, acompañado de un niño pequeño, que rondaba los seis años, se lo veía activo y alegre, correteando por el jardín de la casa vecina. Parecía que ambos estaban inmiscuidos en un juego de persecución, por momentos el perro perseguía al niño, y a veces los papeles se invertían. Era una escena agradable, y fue fácil inspirarse con ella. Describí primero al niño y a su mascota, al igual que su relación juguetona y cálida, de amistad y camaradería. Pero no todo en la vida es color de rosas, la muerte es parte de la vida, y en ese relato se presentó de manera triste y oscura. Los animales no viven mucho, y allí se mostró, el personaje perruno enfermó inesperadamente, y luego de una muerte imprevista, dejó al niño desolado y hecho un mar de lágrimas. La solución fue fácil, sus padres le compraron un nuevo cachorro, como resultado el infantil dejó de llorar porque había conseguido un nuevo amigo. Pero ¿El nuevo cachorro era un remplazo del anterior?, lo era y al  mismo tiempo no, el nuevo amigo nunca podría remplazarlo pero servía para mitigar el dolor. Sonaba triste, y sí lo era, la vida animal era frágil y breve, como la humana, solo que mucho más, pero servía al niño para hacerse fuerte y enfrentar dolores futuros, porque la adultez del hombre es asediada por plagas de infortunio y tristezas aun mayores.  
Había quedado conforme con el relato, enseñaba a valorar la vida, según yo creía, porque  es frágil el hombre y su vida misma también lo es. La muerte camina entre nosotros, y nos selecciona con su índice lúgubre en un juego de azar.     
Pasaron varios días, y mientras miraba hacía el jardín vecino desde mi ventana, una sonrisa no dejaba de asomarse por mis labios, estaba conforme, y mucho, el relato era simple, pero al mismo tiempo cargado de ideales y tópicos entrañables, comunes a todos. Mi sonrisa se borró cuando fui testigo de algo que me descolocó. El niño estaba en el jardín, pero no estaba jugando, no, ni tampoco su amigo canino lo acompañaba. El niño lloraba, su pena era grande, y sus lágrimas pesadas. Una sensación que había sentido antes volvió sobre mí. Paseé mi mirada por todo el jardín en una búsqueda desesperada. El perro no estaba por ningún lado, y las lágrimas desconsoladas del niño solo podían significar una cosa.
Era mucha coincidencia.
Esa sensación parecida al horror volvió más fuerte que antes.
Me tomé las sienes en un impulsó de frenar mi propio miedo. ¿Había matado al perro?, ¿O había sido mi pluma?
Las coincidencias existen, fue lo único que me calmó, pensé aquella frase una y otra vez, incluso llegué a pronunciarla en voz alta. Las coincidencias existen.
Aquella noche dormí envuelta en pesadillas. Soñaba con la pluma y el tintero, escribía y las palabras que salían de la pluma se volvían de azul a rojas. La tinta añil era remplazada por sangre, por muerte.
La noche me había servido de catarsis. Mis ideas se habían aclarado y el miedo apaciguado. Podía pensar con claridad e idear un plan que comprobara lo que temía. 
Volví a sentarme en aquel escritorio rústico, bañé la punta de metal en el tintero, que anoche en mis sueños estaba llenó de sangre. Y comencé a escribir, sin importarme que el sol se filtrara por la ventana, no podía esperar a la noche para comprobarlo, necesitaba tener las pruebas ahora mismo, y no había mejor manera que comprobarlo en carne propia. Yo sería la protagonista de mi nueva historia. Sé que podía morir si mi pluma era asesina, lo sabía bien, pero no podía quedarme de brazos cruzados, si resultaba que tenía la capacidad de matar mediante mi escritura, incluso sabiéndolo no desistiría en mi menester, no podía, nunca podría soltar la pluma, y lo sabía y por eso mismo opté que él último cuento que escribiría, yo sería el objetivo. No mataría a nadie más.    
Entonces este pedazo de papel que has encontrado, podría ser mi último relato. Y si me preguntas como pienso terminar con mi vida, pues te lo diré. Soy amante de personajes de vidas trágicas, adoró que las palabras tengan imagen fría y oscura, pero al mismo tiempo que causen sensaciones de calor y misterio. Entonces si tuviera la posibilidad de elegir mi propia muerte, lo haría de la siguiente manera:
Rebeca Aja aquella noche no durmió. Sabía que era su fin, y esperó a la muerte sentada en su cama, expectante, envuelta por cientos de diferentes emociones, era verdad que tenía miedo, esa misma noche conocería a la muerte, era muy joven todavía, y lo sabía, pero al mismo tiempo estaba emocionada, porque sería la única persona que sería capaz de ver la muerte con sus propios ojos. Ella lo deseó, y sabía que si lo deseaba y lo ponía por escrito se haría realidad. Deseó ver a la muerte a la cara antes de morir. Deseó ser la única persona en la historia de la humanidad que fuera capaz de conocerla, de adelantarse a ella, de ordenarle. Y todo eso lo escribió, aquí esta su última escritura, y esta noche esperara a la muerte sentada en su cama.  
Rebeca Aja